
Me pregunto qué hay de malo en mirar a las muchachas. Si no desean que las miren, ¿por qué se exhiben de ese modo? ¿Qué otra cosa pretenden sino la muda reverencia de los desgraciados como yo? Carne joven, carne fresca. Tan expuesta, tan cercana y tentadora. Y, con todo, tan lejos de mi alcance. Y no se trata sólo de mis obligaciones como hombre casado. Existe, además, el fuerte tabú social según el cual sólo debemos desear a los de nuestra edad. Los jóvenes con los jóvenes, y los viejos entre sí. Si un viejo se lía con una vieja, la gente sonríe, pero nadie se escandaliza. El que dos jóvenes copulen hasta desfallecer nos parece lo más natural del mundo. Pero si un viejo toca a una joven, incluso si la mira con deseo, ahí viene el problema. Porque entonces la sociedad desatará a sus perros. ¿Quién inventó esta gigantesca hipocresía contraria a la naturaleza y a la lógica? ¿Acaso no es la carne joven la más tersa, fragante y deseable? ¿Qué tiene de malo desear lo mejor? Por el amor de Dios, ¿adónde fue a parar la vieja aspiración humana a la belleza? Porque nada puede haber tan hermoso como esa pelirroja que me he detenido a contemplar, la que ahora se agacha para recoger los folios que han caído de su carpeta. Nada tan bello como ese culo realzado por los vaqueros, cuya bajísima cintura me revela la hendidura de las nalgas, y la cinta rosa del tanga hundiéndose entre ellas como una sonda en las profundidades de una mina de oro. Sin embargo, una absurda prohibición me impide aspirar a poseer semejante hermosura. Sólo los jóvenes codiciarán la carne de los jóvenes. Y los viejos, que se jodan. ¿Es que acaso Yahvé dijo tal cosa en el Sinaí? ¿Tienen acaso los jóvenes otra cosa que ofrecerle al mundo que no sea la tersura de sus pieles, la muelle firmeza de sus carnes, el vigor de sus sexos? ¿Qué mejor gourmet que un hombre maduro para saborear un cuerpo juvenil, como el de esa pelirroja, que acaba de apercibirse de mi escrutinio y me devuelve la mirada con una mueca de sorna? «Mirarás pero no tocarás», parece estar diciéndome. Y tiene razón, la muy hija de puta.
Eloy M. Cebrián.
Los fantasmas de Edimburgo.
* * *
EL AROMA DE LAS PALABRAS (1)
Javier intentó enamorase de otras mujeres, pero ninguna pasó de ser una amante ocasional. Así, que, ganada nuestra confianza, dejó atrás las narraciones de los muertos, el recuerdo de su esposa, y se puso a recordar los matices más notables de sus amantes.
La lista era realmente extensa y curiosa. Javier tenía la costumbre de fijarse en un detalle importante de la persona que tuviera enfrente, y para toda la vida, Javier recordaría a esa persona por esa característica. Nos habló de AAA. AAA, más que una amante, era una madre. Javier se mostraba ante ella como un niño indefenso, y dejaba que ella lo acostara, lo arropara, lo bañara, le leyera cuentos, incluso que lo pusiera a mear. Nos habló de BBB, que sufría narcolepsia. A mitad de una discusión trascendente, en una entrevista de trabajo, o a la hora de hacer el amor, de repente se quedaba durmiendo durante unos minutos, sin avisar. “Al principio me esperaba a que espabilara”, nos decía, “pero luego seguía moviéndome sobre ella aunque estuviera durmiendo, y a veces me corría y no se enteraba, y otras se despertaba y seguía sacudiendo las caderas por inercia, sin saber con certeza ni dónde ni con quién se encontraba”. Nos habló de CCC, que se pasaba la mayor parte del tiempo sentada en el retrete. Hacía de vientre cuatro veces al día, de manera escandalosa, por el volumen y el sonido. Javier le había comprado una flor, de ésas de plástico que bailan cuando advierten ruido alrededor. CCC había colocado la flor en el cuarto de aseo, sobre el toallero, para alegrar el ambiente, ya que la ausencia de luz natural consentía exclusivamente la existencia de plantas artificiales. “El caso es que era preciso cambiarle las pilas, a la flor, cada tres días. Ya me entendéis”, nos dijo, haciendo el gesto de levantar el trasero y dejar caer un efluvio. También nos habló de DDD, quien le susurraba palabras al oído en francés mientras hacían el amor. Y de EEE, que tenía una mancha entre los senos con forma de camello.
Yo no tardé en aburrirme de sus historias, pero Inés le prestaba atención. Le prestaba tanta atención que había noches que saltaba de nuestra cama y se metía en su dormitorio. Y salía a la mañana siguiente, muerta de sueño. A veces llegaba a casa y me la encontraba medio desnuda, sentada en el sofá, sin preocuparle que Javier estuviese presente. Finalmente las sospechas se hicieron realidad. A las cuatro de la madrugada sentí la mitad de la cama vacía, y los gemidos de Inés en la habitación de al lado.
La estación de los lamentos. La galería de los caracteres. El chirrido de las ilusiones a lo lejos, sobre la necrológica de las pulsaciones. Luego, la maldita música del ayer.
Anselmo Gómez.
El sueño de las ballenas.
EL AROMA DE LAS PALABRAS (2)
El idioma de las arterias. En la rendija de mi tristeza se amontonaban los meses de soledad y las canciones calladas, la mercancía de nuestras manos a la deriva. Si hubiese tenido suficiente paciencia para abordar su cintura, la de Inés, la fuerza suficiente para plantar mi semilla en su pecho, el aliento de los intervalos hubiese penetrado cualquier orificio de su cuerpo, y de su alma, y hubiese revelado un cosmos herido pero repleto de esperanzas, disparatado y salpicado de la lluvia de mis álgebras más humanas.
Inés se había acostado con Javier. Él mismo lo reconoció. “Sólo un par de veces”, me dijo, por si el número me importaba. Entre ellos no hubo jamás palabras de amor, ni besos de amor, ni caricias de amor. Sólo sexo y necesidad. Los dos lo sabían desde un principio. “Lo hizo para calmar mis temores y mis depresiones”, me dijo. Sin embargo, Inés descubrió en mis escritos que yo amaba a otra persona. Y eso, para ella, era la peor de las infidelidades, era la infidelidad del corazón, la del sentimiento.
“Has tenido entre las manos a la mujer ideal”, me decía Javier. “Y la has dejado escapar”. Lo aparté de mi lado de un empujón. Quería estar solo. Quería llorar. Quería encontrarla.
Y pasaron los días, y los meses. Y me rocié el cuerpo con esencia de sándalo, para despertar su olfato. Y publiqué finalmente un libro. Y tuve otras amantes. Pero ella no volvió a cruzarse en mi camino. Y mira que todos los días la buscaba. En cualquier rincón, en cualquier auditorio donde ofreciese conferencias. En las horas previas a la disertación salía a la calle de manera secreta, y recorría todas las librerías, examinando mis libros, buscando un ejemplar al que le faltase una página, para confirmar así su presencia en esa ciudad.
Comencé a perder peso de manera alarmante. El cartel de su ausencia saturaba tantos mis ojos que no podía cerrar los párpados. Y era doloroso. El médico me recetó unas pastillas. Pero ese imbécil no conocía nada de Inés. En la soledad del hotel, en los rostros anónimos de la gente, en las estancias destripadas de mi casa, echaba de menos el momento en que cerraba los ojos y sólo veía sus labios. Me pasaba el día sumergido en el agua de la bañera. No necesitaba el mar para sentir las algas del fondo.
“Un día abrí las manos y ella se había marchado”, le dije meses más tarde al marido de Rosa.
En los rincones de casa no había bellas ilustraciones ni hebras de su cabello. No había cómodas ventanas donde apoyarse, ni botellas de dudas o ambientes recargados. No existían muebles antiguos ni pedazos de piel que acariciar. Corría de un lado a otro de mis recuerdos y siempre acababa estudiando sus labios. El mordisqueo de su amor, la asfixia de su aliento, el delantal blanco de sus encías, las alas de la lluvia, el cielo raso de su garganta, el brazalete de su piel. Cualquier sitio de casa, a cualquier hora, era una máquina de telegrafiar que se había vuelto loca y escupía enormes letreros de palabras inmaculadas que me hablaban de amor, que me hablaban del milagro perdido de sus labios... El botón plegado y calado y necesitado de su boca.
Anselmo Gómez.
El sueño de las ballenas.
Escritores Tendidos.
Instalación literaria para LBA2, de Anselmo Gómez.